Ha sido la conversación epistolar con un amigo (se le llama hermano) que me propongo volver a escribir en la lengua que llamo mía.

Hay quien nos niega el uso de esta palabra pero yo me la apropio: el exilio le hace cosas a uno. Uno también le hace cosas al exilio, y quizá parte de eso sea reclamarlo como propio de quienes no nos ausentamos de lo que se llama patria por razones de desesperación humanitaria. O quizás de lo que se trata, para comenzar la oración con la preposición, con esta toma previa de un posicionamiento –qué palabra– el de hacerse propio de lo ajeno. Quizá no un plagio (el robo de los hijos de otros) pero sí una adopción.

Así pasa con la lengua “propia”, sinónimo de “materna”. Términos entre comillas. Y es que (ahora comenzamos la oración con la conjunción, y volvemos a la rima) de las cosas que le hace el exilio a uno es el volverse extranjero de lo que se llamaba propio, incluída la lengua. La lengua (“órgano muscular móvil”, dice la enciclopedia) se entorpece, como al despertar de la anestesia, o como la sentí después de, de joven, habérmela perforado. La lengua se hincha, engorda, y ya no pronuncia lo que uno quisiera pronunciar.

Por eso las comillas, los paréntesis, la preposición, la conjunción y el apositivo– todo queda en duda, todo suena a que se ha dicho antes. Lo que uno aprende al estar fuera de lo familiar y conocido (también fuera de uno mismo) es que todos somos extranjeros y que lo natural siempre es de sobra relativo. Hay que volver a empezar desde cero, como infante aprender a hablar de nuevo y en eso a reconstruir una identidad que se creía conocida. El extranjero no es nadie y todos desconfían de él, imaginan pasados y presentes remotos y casi imposibles, y vive en un estado siempre puesto a prueba. Nada se da por sentado, mucho menos la comprensión que da el compartir un contexto que no necesitaba explicación.

Me gusta cuando Edward Said habla del exilio como una oportunidad para pensar y trabajar de otro modo, sin idealizar o romantizar la situación. No es negar el privilegio relativo que esta oportunidad nos da a algunos de nosotros. Pero también hay privilegio del que se queda en lo familiar y conocido, donde no hay que volver el reloj hasta el principio, y volver a crecer como un niño en cuerpo y mente de adulto. El que se exilia (a diferencia del que se expatria,  para quien las relaciones de poder son más equidistantes) pasa por una etapa de infantilización consecuencia de desempoderamiento cívico, financiero, emotivo, lingüístico, cultural  y social.

Volver a expresarse en la lengua “propia” en la cual ya no se vive ni se experimenta la vida es un ejercicio duro. Como volver a hacer pesas con un músculo que no se ha entrenado en años. Al principio se levantará muy poco y el dolor será mayor; los resultados lentos en volverse aparentes.

Así, torpe, intento volver a escribir en español. Veremos que es lo que pasa.