Pal Joe, la Ira, el Árgel y el Elvetius.

Llegan desde el otro lado del oceáno reportes que el ansiado (por algunos) concierto de los Stone Roses en la ciudad de México fue bastante decepcionante. No me sorprende: las reuniones póstumas suelen ser patéticos esfuerzos por monetizar una carrera desvanecida.

Como fan de la música británica cuando llegué a vivir al Reino Unido pensé que asistiría a todos los conciertos que jamás pude presenciar por vivir en México. La realidad me probó que 1) ir a conciertos es muy caro si se vive aquí, y 2) la mayoría de las bandas que me gustaban ya estaban en una etapa de clara recesión. El momento había pasado. Let sleeping dogs lie: mejor experimentar momentos de grandeza a través de memorables grabaciones, aunque sea una experiencia mediatizada, parcial y por lo tanto distanciada y, digamos, menos “auténtica”.

Viviendo acá también he escuchado que las bandas que nunca fueron a México cuando yo vivía allá ya están visitando mi tierra natal. Por un lado me da gusto; por otro lado me da tristeza que tantas bandas y tantos promotores se aprovechen de la genuina hambruna estética de la población interesada en este tipo de cosas.

Con todo y que vivimos en la época de la Web, todo nos llega a México con retraso y distorsión. Decir esto puede sonar tremendamente arrogante pues sólo un porcentaje absolutamente mínimo de mexicanos ha tenido la oportunidad de presenciar la música británica en su contexto y tiempo. Yo lo digo desde Londres: me emociona ver pósters anunciando a bandas que me gustaban muchísimo cuando más joven, pero, ¿para qué ir a gastar dinero y pasar vergüenza ajena? ¿Ver a los Happy Mondays en la época post-I’m a Celebrity? ¡No gracias!

No es necesariamente una cosa de locación geográfica: la unicidad del fenómeno del pop en vivo tiene que ver con una experiencia casi mística, donde tiempo y espacio coinciden para formar una ‘cuarta dimensión’ de experiencia estética. (Una especie de cronotopo experiencial).  No pasa seguido, y entre la música pop se vuelve más y más comercializada y las bandas pierden cuenta e idea de dónde coños están tocando y para quién pues pasa menos. Una especie de “deterioro del aura” de la que hablaba Walter Benjamin.

En el pop todo es contexto: la banda más genial puede ofrecer la tocada más mediocre si las circunstancias no son las apropiadas. A veces, las circunstancias son incontrolables, dependen de fuerzas históricas que sólo se aprecian en su plenitud a la distancia. Todavía hay ocasiones en que uno sabe, como espectador, que está presenciando algo importante e irrepetible. Y otras veces uno sabe, como espectador, que le están tomando el pelo.

La experiencia de vivir lejos de la tierra que nos vió nacer y donde viven la mayoría de los grandes amigos está definida por la imposibilidad de compartir la experiencia completamente. Uno puede mandar fotos, mini grabaciones, tratar de compartir lo que se siente una experiencia que es más bien única. El esfuerzo está destinado al fracaso. La lección es que tristemente hay cosas que sólo se pueden experimentar, y juzgar, cuando se las ha vivido.

No estuve en este concierto de los Roses en México. De haber estado allá no sé si me hubiera animado a ir. Hubiera temido deprimirme. Los reportes de amigos señalan que así hubiera sido.

Por supuesto, nunca será igual ver y escuchar una grabación de un concierto en vivo que no vivimos en tiempo y espacio reales, pero a veces es el único recurso que nos queda. Yo nunca ví a los Stone Roses en vivo aunque pude hacerlo un par de veces. Tampoco he visto a Primal Scream, ni a Morrissey, ni a los Pixies, [ya que los Pixies no son británicos] ni a un largo etcétera de bandas que según yo se debieron haber visto en otro momento y otro lugar, cuando eran lo que fueron para mí y para tantos otros y que no me tocó vivir por circunstancias históricas y biográficas. Y sin embargo, ¿ver a los Stone Roses en el 2013, mil años después, en un lugar llamado ‘Pepsi Center’? A mí se me antoja tanto como comer un taco vegano en Taco Bell.

Mi sugerencia es que mejor hubieran proyectado esta grabación del concierto de los Stone Roses en Blackpool (no es el lugar más bonito del Reino Unido, eso les digo, aunque tiene su belleza industrial melancólica de costa norteña) el 12 de agosto de 1989. Era verano. La clave es el lugar, la época, el año. Nunca habrá algo igual, y lo sé sin haber estado ahí. Imagínenselo en pantalla gigante, con equipo de sonido de concierto, up to 11, con otros geeksazos nostálgicos de compañía espectadora.

Si algo todavía puede hacer la Web es resucitar a los muertos (aunque sigan en parte vivos). A veces algo así es mejor que comprobar que el tiempo no perdona y que ya nada es lo que creímos que era o todavía podía ser. A veces es mejor ahorrarse el heartbreak y egoístamente repetirse a uno mismo el registro de momentos mágicos e irrepetibles. Cómprense un six de chelas. Échense este video. Súbanle hasta el 11. Those were the days, mate.